Impresiones de un viaje por España en tiempos de Revolución
Edición de Francisco Madrid
Traducción del francés de Francisco Madrid
Logroño, septiembre 2007
Primera edición
ISBN 978-84-935704-1-5
344 págs., 14x21 cms.
Encuadernación: rústica con solapas
PVP: 18,00€
Precio web: 17,10€

Impresiones de un viaje por España en tiempos de Revolución

Del 26 de octubre 1868 al 10 de marzo de 1869. En el advenimiento de la República

Edición, traducción y notas: Francisco Madrid.

El interés de estas crónicas reside sobre todo en el hecho de ser el relato de unos acontecimientos vividos muy de cerca en los primeros meses de la Revolución, cuando todo era posible y nadie sabía qué podía suceder. El hecho de que Elías Reclus fuese amigo personal de notables republicanos, especialmente de Fernando Garrido, le posibilitó contar con información de primera mano y en cierto modo privilegiada.

A pesar del tiempo transcurrido, estas impresiones conservan toda su frescura; a través de ellas podemos seguir el giro que los acontecimientos van tomando hacia la consolidación de un régimen conservador, cuya diferencia con el anterior habría que buscarla más en el despertar del movimiento obrero que en el movimiento político mismo, en el que los republicanos, como fuerza revolucionaria, no se mostraron a la altura de los acontecimientos y fueron en todo momento a remolque de cuanto sucedía.

Reclus traza un mapa de la situación de todo el país a la vez que narra las impresiones de su viaje por España, que le llevará a visitar Barcelona, Gerona, Cassá de la Selva, Llagostera, San Feliú de Gixols, Calonge, San Antonio, Palamós, Palafrugell, La Bisbal, Bañolas, Olot, Tortellá, Castellfollit, Figueras, Tarragona, Reus, Valencia, Cádiz, Jerez, Alora, Málaga y Madrid.

[…] Llegué, pues, a Barcelona un tanto inquieto. No es fácil explicar la sorpresa que me causó ver reflejada la alegría en todos los semblantes. La transición había sido brusca. Saliendo de las lluvias del Norte, de sus vientos fríos, de sus preocupaciones tristes, de su cielo gris, me hallaba en medio de una multitud en fiesta y bajo un sol radiante.

Las Ramblas, el gran paseo que parte en dos la ciudad, eran un hormiguero humano. Bajo el follaje verde de sus árboles, cuya sombra se proyecta sobre las blancas fachadas bordándolas caprichosamente, las gentes iban y venían como si poco antes no hubiesen estado a punto de ser ametralladas o como si no corrieran peligro de serlo poco después...

De noche la animación aumentaba. Parecía como si todos los habitantes de la ciudad hubiesen salido de sus casas, invadiendo los teatros, las salas de baile y las calles céntricas. Las barcelonesas, tocadas con mantillas negras, luciendo elegantes corpiños blancos y encarnados, descubiertas y con flores en el pelo, hermosas y simpáticas la mayoría y coquetas todas, paseaban arriba y abajo abanicándose. Parecía aquello el intermedio en un baile al que asistieran quince mil invitados.

Esta alegría me preocupaba. ¿No sería el trasunto de la general imprevisión? Los cafés espléndidos, de una magnificencia superior a los de París, estaban atestados de gente elegante, de soldados con armas, de oficiales con vistosos uniformes, hablando en voz baja. En las Ramblas, paseando entre hermosas muchachas con mantilla, se veían curas ventrudos y antipáticos. Y mientras que la multitud se agrupa para contemplar a un hombre que imita las escenas de una corrida de toros, a una andaluza con falda corta que baila un fandango al son de unas castañuelas, la contrarrevolución urde sus maquinaciones en la sombra, para que España amanezca mañana con un rey, de igual modo que amaneció ayer sin la reina. […]

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