Sobrevivir a una civilización determinada al suicidio no es un asunto menor. Una civilización es algo enorme y está por todos lados. A nuestro alrededor y en el fono de nosotros. La tarea sería desalentadora si hubiera otra más sensata y si no fuera aquí cuestión de sanación. Sanar de la esperanza de que un cambio de régimen o de personal pueda hacer por nosotros la revolución que nosotros no hacemos, cortar los vínculos que nos encadenan a lo que a todas luces se derrumba; comprender cómo demonios hemos llegado hasta aquí, sacar a la luz las estrategias de quienes llevan los rebaños al matadero, pero sobre todo delinear el contorno de la salida de emergencia. De todo ello trata este Manual. Y también de desengañar a los aislados en lo que respecta a su soledad. Si vemos pavonearse por doquier a los gilipollas y los impostores, es porque la gente que vale tiene en común su repugnancia a hacerse notar. Si parece que solo la perversión tiene derecho a gobernar, es porque el gusto por el poder afecta en primer lugar a quienes tienen un abismo en el corazón. Trabajamos en la más inmoral de las insurrecciones: la insurrección de los tímidos.