Elisa tiene quince años y no puede llorar. Elisa tiene una hermana, Inés, tres años mayor, a quien no ha visto desde que tenía doce. Elisa está escribiendo su historia para encontrar una manera de hablar con Inés, de mostrarle quién es, qué ha pasado; pero también para encontrar una manera de contarse a sí misma la historia de su vida.
Cómo no ser vista es, ciertamente, un libro sobre Elisa, sobre cómo hacerse adulta, sobre la amistad, la familia y el amor hacia una hermana. Pero es también, aunque nunca se describa por completo, un libro sobre la desaparición forzada en México y las preguntas que deja abiertas como abismos. ¿Qué queda cuando nos arrancan a alguien? ¿Cómo se ama a ese alguien?
«Por eso también necesito contar esta historia. Porque Jorge y Ana me enseñaron algo cierto: el amor, si lo hay, es sentir que alguien va a tomarte de la mano y no le va a importar el mundo. El amor también es sentir que alguien va a cuidarte mientras te quedas dormido. Y yo no sé si tengo un lugar, pero si lo tengo, debe estar allá, cerca de ellos.
A veces hay lugares que se sienten propios, como las manos de Ana alrededor de mi cuello si se queda dormida, y ese es el único hogar que hay que cuidar y defender. El único que siempre está verdaderamente en riesgo».