Algo más de un centenar de guiones constituyen la filmografía oficial de Rafael Azcona. Muy pocos se lograron tal como estaban concebidos inicialmente. Primero, una censura feroz y muchas veces miope —y no solo en España—; luego, las prioridades de productores de todo pelaje, los encontronazos con la magistratura y el «buen gusto»; más adelante, una industria cicatera y unas cadenas televisivas acomodaticias tergiversaron en mayor o menor medida lo que se había filmado. Pero es que, en numerosísimas ocasiones, los guiones de Azcona ni siquiera alcanzaron la fase de producción.
El problema de la literatura y las alubias. El eterno problema de la literatura y las alubias.
«Reclus es un laboratorio ordenado, un observatorio, un plantel de calidades botánicas, un arsenal de mapas y libros, una experiencia elevadora nunca concluyente ni dogmática». —Felipe Alaiz
«Como todo lo que Élisée escribió, esta obra es de una belleza extraordinaria. De principio a fin, la manera de presentar observaciones generales o describir ciertos rasgos de la naturaleza posee una fuerza, una belleza y un refinamiento que, exceptuando a Alexander Humboldt, no tienen parangón en toda la literatura del siglo». —Piotr Kropotkin
Este volumen reúne dos de los más bellos y destacados libros de Élisée Reclus: Historia de un arroyo e Historia de una montaña. Ambos textos son los preferidos por su autor de entre una descomunal obra dedicada al conocimiento geográfico y a la divulgación de las ideas de igualdad entre los seres humanos.
Élisée Reclus nació en 1830 en Sainte-Foy-la-Grande (Francia) y murió en Torhout (Bélgica) en 1905.
Hombre sabio, justo y rebelde, fue uno de los padres más queridos del movimiento anarquista y revolucionario a nivel mundial. Y su aportación fue clave en la divulgación del conocimiento del medio natural.
Se anuncia la clausura de un zoo y se abren las puertas de las jaulas, pero sus moradores no tienen ninguna intención de marcharse. Además, aún no han comido…
Este es el punto de partida de una divertidísima fábula contemporánea que parece escrita a ochos manos entre La Fontaine, Samaniego, Augusto Monterroso y Wenceslao Fernández Flórez tras haber tomado una gotica de lsd.
«Cayó la noche sin remedio, como tropiezan los niños cuando empiezan a caminar. Elnó se había quitado de encima a todas las moscas, que ya ni sabían, pobres, dónde estaban, ahítas y coloradas por dentro y por fuera. El hambre del que se habían desecho las insectas se instaló como un fantasma en la melena del león, que se garabateaba nervioso la pelambrera a punto de rasgarse un ojo por las inclemencias que le procuraba en el ánimo su apetito. Había que salir de casa y de caza».

En El deseo de los otros, Hanna Limulja nos abre una puerta al mundo yanomami a través de los sueños. ¿Con qué sueñan los yanomami? ¿Qué significa soñar y por qué es importante? Entre los yanomami, los sueños no son deseos inconscientes del sujeto, tal y como los describe el psicoanálisis, sino que soñar es habitar otros mundos, encontrarse con otros seres.
«Cuando los lectores brasileños, americanos o europeos escuchan la invitación de Davi Kopenawa a soñar, hay motivos para temer un malentendido de la peor especie. Porque si hay una tendencia fatal en la vida de los blancos es precisamente la que lleva a “perseguir los propios sueños” entendidos como deseos individuales que no admiten ni condiciones ni cortapisas. ¿Qué hacen los buscadores de oro, sino perseguir su sueño de riqueza? Mi sueño a toda costa —el lema de la autoayuda—. Pero el relato de Hanna muestra, con toda simplicidad, que hay una diferencia crucial entre ese modo de soñar y el que Kopenawa propone. Para los yanomami el sueño no es nunca la expresión del propio deseo —como Freud nos dijo en su día—, sino precisamente, como dice el título del libro, la expresión del deseo de los otros. Quien sueña mucho, y quien sueña lejos, más allá de sus circunstancias inmediatas, sabe hasta qué punto nos rodea ese deseo de los otros —de innumerables otros, porque la tierra no está hecha solamente de y para los deseos humanos—. Y ese deseo es casi siempre temible, por cierto: nada de lo que podemos aprender de esos últimos habitantes de la selva es un cuento de hadas buenas, una fábula de animalitos risueños. Los sueños nos advierten de peligros; sea la mala voluntad o la sed de venganza de alguien, sea el amor que aún nos profesan nuestros muertos queriendo llevarnos a su lado. Si se aprende tanto de los sueños es porque son una ventana abierta por donde se cuela el rumor de los otros habitantes del mundo. Los yanomami pueden enseñarnos algo no porque sean ciudadanos impecables de la tierra, sino porque escuchan ese rumor y saben que no son dueños de todo. A nosotros, cuando esa sospecha nos inquieta, no falta quien venga a instruirnos: “No es nada, es solo un mal sueño”. Otra forma de ingenuidad, quizás fatal. El libro de Hanna Limulja describe, paso a paso, la abertura de los yanomami al mundo del sueño y sus mensajes, desde las conversaciones cotidianas y el despertar a los parlamentos nocturnos en el patio de la aldea hasta esas ceremonias funerarias en que los yanomami, lidiando con la nostalgia de sus muertos, se sumergen por largos días en el mundo de los sueños. Y de ese viaje se puede aprender mucho». —Del prefacio de Óscar Calavia
Hanna Limulja es antropóloga, experta en pueblos indígenas y profesora del Instituto Insikiran de Educación Superior Indígena de la Universidad Federal de Roraima (UFRR), en el norte de Brasil. Trabaja con el pueblo Yanomami desde 2008 y colaboró con diferentes ONG, como la Comisión Pro-Yanomami (CCPY), el Instituto Socioambiental (ISA), Wataniba y Survival International. Además de El deseo de los otros.
Deserción de la vida urbana y del trabajo asalariado, deserción de la sociedad capitalista, deserción del discurso político mayoritario, deserción del Arte y de la Literatura como instituciones, deserción de la familia, deserción del género, deserción del argumento, deserción del lenguaje.
En Las locas que no lo eran Carmen V. Valiña se sumerge en el archivo del Manicomio de Conxo para encontrarse en él con la subversión y la rebeldía de madres solteras, de alcohólicas o de esposas que deseaban divorciarse. Muchas de esas mujeres no tenían en realidad ningún trastorno mental. La ruptura con lo que se esperaba de ellas fue la causa de su reclusión.
«En la resistencia frente al abuso, en el cariño hacia el hijo o en la melancolía por lo perdido, esas mujeres quisieron que las viésemos con sus propios ojos: nos regalaron su mirada para ver a través de las paredes del manicomio y sus palabras para escuchar la voz de las vencidas».