Rubén Martín Giráldez (Cerdanyola del Vallès, 1979) ha traducido a autores como Tom Robbins, Bruce Bégout, Laird Barron, Jean-Pierre Martinet, Angela Carter o Morrissey.
Es el autor de las novelas Menos joven y Magistral (Jekyl & Jill, 2013 y 2016).
«Su escritura tiene el ritmo palpitante, en staccato, de la poesía beat. [...] Tranvía 83 es un antídoto contra la tendencia a lo sombrío de la mayor parte de las novelas africanas. No viste la fealdad con lentejuelas, pero tampoco deja de ser sensible a la turbación y el desamparo de tener que vivir a salto de mata y ‘satisfacer los placeres del bajo vientre’».—Wall Street Journal.
«Su escritura posee toda la tensa oscuridad de la mejor literatura callejera. Por su carácter sincopado y sus ocasionales ráfagas, sus arabescos y su fraseo quebrado, en ocasiones remeda al jazz que se oye al fondo del bar, con los parroquianos haciendo las veces de un coro griego. Natural de la República Democrática del Congo, Mujila nos ofrece una primera novela multipremiada, sin duda alguna excitante y genial».—Library Journal.
«Uno de los más fascinantes descubrimientos de la rentrée. Hay algo de El Bosco en este a-puerta-cerrada urbano, frenético, flameante. Pero es un Bosco insolente y trotamundos que ha leído a Gabriel García Márquez y Chimamanda Ngozi Adichie».— Le Monde.
«Una formidable demostración del poder de la literatura».—Télérama.
«Tranvía 83 es un viaje a toda velocidad. Una historia trágica, burlesca, melancólica y melódica". Christine Ferniot».—Lire.
«Tranvía 83 es una rapsodia. Un enloquecido solo de saxo elevándose sigilosamente sobre el eco del coro».—Émile Rabaté, Libération.
«¡Atención a este centelleante cometa! Uno se sumerge en este Tranvía 83 igual que en un tema de Coltrane, del que no volvemos a salir».—Laurent Boscq, Rolling Stone.
«Una primera novela arrolladora, conducida por un lenguaje insolente».— Michel Abescat, Télérama.
«Fiston Mwanza inventa la “literatura-locomoción", el género de la "historia-teatro", y convierte su primera novela en un manifiesto de la prosa poética convulsa, a medio camino entre Aimé Césaire y Boris Vian».—Chloé Thibaud, Le Nouvel Observateur.
Tranvía 83 se desarrolla en un indeterminado país africano que vive, a la vez que una profunda recesión, una nueva fiebre del oro. Turistas de todas las nacionalidades y lenguas llegan a la Ciudad-País con un único deseo: hacer fortuna explotando la riqueza mineral escondida en las entrañas de esa tierra.
Fiston Mwanza Mujila nació en Lubumbashi, República Democrática del Congo, en 1981, y vive en Graz, Austria. Además de esta novela ha escrito cuentos, obras de teatro, poemas y ensayos en francés, su lengua materna (en la que ha sido escrita originalmente Tranvía 83), y en alemán, su lengua de adopción. Por su escritura ha sido nominado (y ha ganado) numerosos premios.
Estos diarios, felizmente suspendidos en el tiempo, están compuestos de breves apuntes sobre la literatura, el cine, los sueños, la salud, los encuentros… Lo áspero y lo bello, la reflexión con ráfagas de melancolía encuentran su lugar en la prosa pausada y pensada de Llera, lector de maestros del género como Josep Pla o Jules Renard. Una escritura que va y viene entre el ensayo, el apunte poético o la pincelada autobiográfica en la que resuenan los versos de Juan Luis Panero: “Solo son tuyas –de verdad– la memoria y la muerte”.
Profesor de literatura española en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros de poesía: Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007), El síndrome de Diógenes (2009) y Transporte de animales vivos (2013).
En el mundo de los relatos de Diego Luis Sanromán hay hombres que chamullan en jergas incomprensibles y ladran como mastines, jóvenes que se flipan con sustancias orientales en ciudades arrasadas por la guerra y por cuyas calles anegadas de lluvia los delfines flotan como obuses plateados, zapatos vengativos que danzan solos y son como trampas para osos, carreteras que se pierden entre el sopor de las tardes de domingo, maestras tan atroces como la diosa Kali, pequeños burgueses que transforman sus hogares en refugio para vagabundos, niñas que crecen demasiado rápido y que pronto sienten la
«Verónica Gerber escribe con una luminosa intimidad; su novela es ingeniosa, brillante, conmovedora, profundamente original. Leerla me hizo sentir que se había recompuesto el mundo».—Francisco Goldman.
«Conjunto vacío, es una primera novela dolida y luminosa que renueva como pocas el paisaje de la joven narrativa latinoamericana, Gerber es una escritora que dibuja o, en todo caso, que ha conseguido colar “íconos verdaderos” entre esos signitos opacos alineados en unas páginas impresas que hemos convenido en llamar literatura».—Graciela Speranza
«Una de las novelas más imaginativas de la literatura latinoamericana reciente».—Carlos Pardo, Babelia.
«En Conjunto Vacío, Verónica Gerber Bicecci reconstruye la herencia fragmentaria de una ausencia para la que no encuentra explicación».—Iván de la Nuez, El País.
«Original, fresca e impactante».—Xavi Ayén, La Vanguardia.
«Una obra original, fresca e innovadora como pocas, que conmueve con su verdad literaria y su voz».—Devoradora de libros.
«Una novela sobre los límites, sobre su invisibilidad, sobre la incapacidad de alcanzarlos y —en última instancia— un lamento sobre la infinitud de todas las cosas».—José de Montfort, FronteraD.
«Una propuesta fresca, desafiante».— Jorge Carrión, Revista Otra Parte.
Conjunto vacío, primera novela de Verónica Gerber Bicecci, es una historia construida con una dura e infinita belleza; un relato en el que la escritura va de la saturación al vacío, y en el que la prosa experimenta un viaje que parte de la normalidad y se mueve hacia la extrañeza.
Mi expediente amoroso es una colección de principios. Un paisaje definitivamente inacabado que se extiende entre excavaciones inundadas, cimientos al aire libre y estructuras en ruina; una necrópolis interior que ha estado en obra negra desde que recuerdo. Cuando te conviertes en coleccionista de inicios también puedes corroborar, con precisión casi científica, la poca variabilidad que tienen los finales. Estoy condenada, particularmente, a la renuncia. Aunque, en realidad, no hay mucha diferencia, todas las historias terminan bastante parecido. Los conjuntos se intersectan más o menos igual y lo único que cambia es el punto de vista desde el que te toca ver: la renuncia es voluntaria, el consenso es la menos común de las opciones, y el abandono es una imposición. [...]
Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981) es una artista visual que escribe. Además de Conjunto vacío, ha publicado Mudanza, Palabras migrantes, Otro día... (poemas sintéticos) y La Compañía (Pepitas, 2021).
Cinta negra es una parodia tremendamente divertida sobre el mundo de la gran empresa y el ascenso social. Un croquis de cómo algunas corporaciones impulsan en su seno estructuras de secta en las que el acceso a lo más alto de la cadena de mando es sinónimo del ascenso a los cielos. La cinta negra —o cinturón negro como se dice en España— es el máximo reconocimiento profesional al que se puede aspirar en Soluciones, una empresa moderna como la que más, que se dedica a solucionear soluciones por encargo.
La revolución es una cosa muy complicada, es verdad, pero más complicado aún es enfocar qué retaguardias concretas sostienen la revolución, qué cuidados habilitan o qué política es capaz de trascender en las vidas de quienes la producen, cuando se cuida a otros. O, desde otro punto de vista, qué demonios pasa con esas retaguardias cuando todo parece en calma. Un día se juntaron, a ver si se entendían, dos grupos de ideas aparentemente separadas: política, militancia, activismo, organización, que iban por un lado, y reproducción, vida, cuidados, afectos, sostenimiento, que venían por otro.
[...] Hay, objetivamente, una vanguardia discursiva y otro montón de experiencias al otro lado. En las largas conversaciones que dieron lugar a este libro, lo que emergió de facto es que la perspectiva de los cuidados puede no tener literatura, que tratarlos obliga a atender a un millón de pequeños problemas privados, pero también que esos cuidados demandan hacerse públicos. En el trayecto, quizá he encontrado la grieta. Y ha sido en ese lugar llamado escritura, en el que lo privado colisiona con lo público, en el que tuve que seleccionar entre infinidad de detalles preguntándome qué debía y qué no debía contarse, donde creí comprender que las experiencias personales e intrascendentes pueden, definitivamente, transformarse en algo mucho más amplio. Esa escritura es la que me ha hecho encontrar el verdadero parentesco entre la política y los cuidados. [...]